Los costeños tenemos una expresión que resume mejor que cualquier tratado sociológico nuestras frustraciones colectivas: mandamos huevo. La pronunciamos cuando alguien desperdicia una oportunidad evidente, cuando el interés particular derrota al interés común o cuando dejamos escapar algo que difícilmente volverá a presentarse.
Y si somos sinceros, eso fue exactamente lo que ocurrió ayer.
Ayer los costeños tuvimos una oportunidad histórica y no supimos aprovecharla plenamente. No porque nos faltaran capacidades, liderazgo o razones para hacerlo. Ocurrió porque, una vez más, nos faltó actuar como región.
Ayer fuimos capaces de anteponer nuestras diferencias políticas, nuestras simpatías personales, nuestros cálculos particulares y hasta nuestros resentimientos al sentimiento de pertenencia a una tierra que durante décadas ha reclamado una mayor participación en las grandes decisiones nacionales.
Y es precisamente por eso que hoy debemos reflexionar.
Porque, aunque el resultado nacional pudo haber sido favorable para muchos de los objetivos que compartimos, la Costa Caribe dejó escapar una oportunidad distinta: la de demostrar que cuando actúa unida alrededor de un liderazgo propio puede convertirse en una fuerza determinante dentro del escenario político colombiano.
No se trataba simplemente de ganar o perder una contienda. Se trataba de enviar un mensaje de cohesión, identidad y visión de futuro. Se trataba de demostrar que la región más vibrante de Colombia es capaz de respaldar con decisión a quienes nacen en ella, la representan y conocen de primera mano sus problemas y aspiraciones.
Esa oportunidad no se aprovechó plenamente. Y por eso muchos hoy sentimos que, una vez más, mandamos huevo.
La Costa Caribe ha aportado al país riqueza, cultura, trabajo, talento y liderazgo. Desde nuestros puertos hasta nuestros campos, desde nuestras ciudades hasta nuestros pueblos, hemos contribuido decisivamente al desarrollo nacional. Sin embargo, seguimos enfrentando problemas que parecen eternos: deficiencias en infraestructura, altos costo de energia, dificultades en el acceso al agua potable, pobreza, inseguridad, desempleo y enormes brechas sociales que limitan nuestro potencial.
Quienes vivimos aquí conocemos esas realidades. No las conocemos por informes técnicos ni por estadísticas. Las conocemos porque convivimos con ellas todos los días.
Por eso resulta tan trascendental la posibilidad que hoy vuelve a abrirse ante nosotros. La historia parece estar concediéndonos una nueva oportunidad. Una oportunidad quizás aún más importante, porque esta vez está en juego la posibilidad real de que un costeño llegue a ocupar la más alta dignidad de la República.
No se trata de elegir a alguien únicamente por el lugar donde nació. Se trata de reconocer el valor que tiene que quien aspire a dirigir el país conozca de primera mano las necesidades, las dificultades y las inmensas potencialidades de esta región. Se trata de comprender que hay momentos históricos en los cuales una región tiene la posibilidad legítima de hacer sentir su voz en el destino nacional.
Sabemos muy bien que otras regiones sí entienden el valor de la solidaridad territorial. Cuando identifican una oportunidad histórica, cierran filas. Comprenden que existen momentos en los que el interés colectivo debe prevalecer sobre las diferencias individuales.
Nosotros no.
Las oportunidades históricas no suelen presentarse dos veces. Algunas generaciones no tienen ninguna. La nuestra parece haber recibido una segunda ocasión después de no haber aprovechado completamente la primera.
Por eso debemos preguntarnos desde ahora si volveremos a repetir los mismos errores o si finalmente entenderemos que hay momentos en los cuales el interés regional legítimo debe estar por encima de las diferencias secundarias que tantas veces nos han dividido.
Ojalá esta vez estemos a la altura de la historia.
Ojalá esta vez la Costa piense como región.
Ojalá esta vez comprendamos que defender nuestros intereses colectivos no significa desconocer nuestras diferencias políticas, sino entender que existen causas superiores que nos unen.
Y ojalá dentro de algunos años podamos decir que cuando llegó el momento decisivo dejamos de mandar huevo y empezamos a construir nuestro propio destino.
Porque si volvemos a dejar pasar esta oportunidad, no podremos culpar a nadie más.
Tendremos que mirarnos al espejo y reconocer una verdad que los costeños conocemos demasiado bien:
que los mayores obstáculos para la Costa no siempre han estado fuera de ella.
Muchas veces han estado en nuestra incapacidad para actuar unidos cuando la historia nos llama
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