De Silvia Gette Ponce, otrora poderosa rectora de la Universidad Autónoma del Caribe no me consta que mandara a matar al esposo de su hijastra. No me consta, tampoco, que envenenara a su octogenario esposo para quedarse con esa institución. Tampoco, la verdad, que ordenara asesinar a un abogado que, aparentemente, se le estaba saliendo de las manos. No me consta y creo que no me constará nunca por la preclusión de estos casos. Severa justicia la que nos gastamos.
Pero de Silvia Gette sí me constan otras cosas. Me consta que durante su rectoría no tuvo reparos en aplicar la chabacanería en ese claustro académico. Por solo citar un par de ejemplos, no escatimó en tener una sobrina-nuera-política que se alzaba como docente y directora de programas y medios institucionales sin tener ni reverenda idea de lo que hacía, pasando por encima de auténticos profesionales que se vieron sometidos a un régimen de terror. De ser, la propia Gette, profesora en el primer semestre del programa de Derecho pero -oh, sorpresa- con la caradura de casi nunca ir a dictar cátedra.
Me consta que, en 2011, anunció su intención de ser precandidata a la Gobernación del Atlántico en un noticiero regional de Telecaribe, aunque en una reciente entrevista a un portal barranquillero dijo que no fue así. Me consta porque supe de ese proyecto, que incluía hacer elegir un concejal de su cuerda por Cambio Radical con recursos, infraestructura y personal de la Autónoma.
Me consta también que después de eso, en octubre de ese año, se revivió en la opinión pública la historia según la cual fue ella la que pagó a un grupo paramilitar para asesinar a Fernando Cepeda, esposo de su hijastra María Paulina Ceballos, quien le estaba dando una auténtica guerra sin cuartel por el nepotismo y despotismo que ejercía sobre el legado del finado Mario Ceballos Araújo.
Y, de ahí, también me consta que empezaron los problemas en la Universidad Autónoma del Caribe. Los sueldos se retrasaron, algunos servicios institucionales empezaron a fallar, y la incertidumbre -de a pocos- se apoderó de los estudiantes, docentes y empleados. Me consta también que por esos días la señora, que hoy se ríe a carcajadas con su amigo Carlos 'El Pibe' Valderrama, citó a sus directivos y con lágrimas en los ojos le suplicó que la apoyaran en el mal momento. Que ella pagaba, que nunca los dejaría tirados.
Me consta, y lo tengo grabado en la memoria como si fuese ayer, cómo algunos de mis profesores me pedían prestado para el bus, el café o un cigarrillo porque la señora estaba atrasada con los pagos mientras se conocía que recibía jugosos cánones de arriendo por propiedades utilizadas por la Autónoma, de negocios particulares pagados con recursos institucionales y hasta una pensión vitalicia que deja en pañales la de cualquier magistrado, docente del magisterio o ex trabajador de Colpuertos juntas. Porque el que vino después de ella en la rectoría, y antes de Ramsés Vargas, no hallaba cómo resolver el hueco financiero generado por el desgreño administrativo al que fue sometida la universidad.
Sí me consta que toda clase de tropelías ocurrieron en esa nefasta etapa y que por ello Ramsés Vargas Lamadrid llegó como un paliativo, una especie de renovación moral que mejoraría los indicadores académicos y financieros. Ustedes saquen sus propias conclusiones y juzguen, a corte de hoy, si realmente ha sido efectiva su labor al frente de esta emblemática casa de estudios superiores. En este enlace puede leer, en anterior columna, qué pienso sobre la administración Vargas Lamadrid.
Por eso, por todo lo que me consta, es que no admito que sea Silvia Gette y algunos de su tóxico círculo quienes utilicen la problemática actual para vender aquella idea de que "todo tiempo pasado fue mejor". Las denuncias valerosas que docentes y funcionarios realizan a diario por las condiciones a las que Ramsés Vargas Lamadrid los somete no deben ser utilizadas por esos pocos individuos que llevaron al desbarrancadero a una Alma Máter digna, de la que muchos egresados nos sentimos orgullosos y preocupados por su destino. Tengamos memoria, señores.
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