Un amigo que estuvo ausente de Santa Marta durante muchos años nos manifestó su pesar por la “desaparición” de la ciudad que, al partir, se llevó en la memoria. Se pregunta actualmente, ‘con dolor de patria chica’, dónde está esa villa de los tiempos idos. Para remozar sus recuerdos y reconciliarlo con nuestro terruño, ofrecemos esta crónica con sabor local.
En Santa Marta los cines populares ya no existen. Para ver una película determinada debemos asistir a los salones que para tal fin hay en algunos centros comerciales, o adquirir las cintas elegidas para disfrutar de ellas en los hogares. Cosa distinta ocurría en años pasados, cuando nuestra ciudad no tenía tantos habitantes y solo unos cuantos cines: Variedades, La Morita, Colonial y Santa Marta, los principales. También existieron el Carioca, Popular, Pescaíto, Paraíso y Libertador. Los espectadores acudían atraídos por los títulos de las películas y, sobre todo, por la fama de los actores. Las llamadas ‘series’ (de 31 rollos, invariablemente) eran las preferidas por los aficionados al séptimo arte. Y si la entrada era ‘de gancho’ (dos personas con una boleta), el aforo era total.
Alrededor del cine derivaron el sustento diario muchas personas anónimas, marginadas del éxito o fracaso del negocio como tal. Es el caso de los señores encargados de escribir con agua y polvillo de color la programación diaria de los cines de la ciudad. En La Morita, para citar solo un caso, había un señor que comenzaba los carteles siempre de la misma forma: en las esquinas superiores escribía, con mayúsculas, la palabra ‘Hoy’; entre una y otra consignaba ‘Cine La Morita’. Un equipo de niños y jóvenes se encargaba de recostar esos avisos en postes e hidrantes de la ciudad. Esos colaboradores tenían entrada gratis a la función de esa noche.
En el Variedades reinaba un señor de apellido Mercado. Se encargaba de la portería del cine. Muchos amantes del séptimo arte llegaban al Variedades alrededor de las diez de la noche con la intención de ver la segunda película de la función ‘nocturna’. No les interesaba la ‘vespertina’. Para lograr su propósito compraban una arepa asada, que vendían en la calle, frente a la entrada del cine. De esa manera pretendían engañar al señor Mercado haciéndole creer que habían salido en el intermedio, cuando en verdad acababan de llegar desde sus respectivas casas. Pero el portero en realidad conocía a todo el mundo y con energía les espetaba: ‘Tú no estabas adentro’, y procedía a bloquear la entrada al avivato de turno. Cuando se trataba de un niño, el señor Mercado le decía lo mismo pero además lo tomaba por una oreja y lo ponía ‘de patitas’ en el andén.
En otro cine de la ciudad el portero era un conocido boxeador profesional. Allí no había intento de fraude al pasar por el control. Pero esos porteros no estaban exentos de sufrir las agresiones y embates del público cuando los más osados decidían entrar a la brava a su espectáculo preferido. A veces lanzaban ‘paracos’ (avisperos o casas de avispas) contra los porteros y aprovechaban la confusión para entrar a la sala de cine sin pagar la boleta.
Cada cine tenía sus propias características, pero en todos siempre fue común la destrucción de la silletería y los gritos destemplados contra los administradores cuando la cinta se reventaba y aparecían unos números al revés y de pronto se precipitaba la palabra FIN antes de que en realidad terminara la película. En verdad, los héroes del cine en nuestra ciudad fueron, muchas veces, las personas anónimas que trabajaban silenciosamente para que pudiésemos ver la película de nuestra preferencia. También ellos merecen mencionarse.
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