Siempre estuvo con un largo vestido que le llegaba hasta los pies y arrastraba al caminar, sin mangas, de color a sucio. Sin duda alguna fue blanco. A pesar de la suciedad no se le veían arrugas, la tela caía en pliegues verticales. Mujer alta, esbelta, de tez morena. Sus cabellos formaban una masa indescifrable, una pasta tiesa agrupada en moñas de todo el tiempo. En la cara y en los brazos se le veían manchas más oscuras que la piel, formadas por la mugre acumulada.
Apoyada en la cintura y sostenida por una mano mantenía una caja de cartón en la que guardaba potes y frascos de diversos tamaños, bolsas de papel y algunos envoltorios en tela, de los cuales algunas señoras decían que eran menjurjes y polvos para preparar bebedizos y cosas de hechicería. Con el tiempo, el uso y el sudor el cartón de la caja se iba desmigajando hasta perder su forma. Iba entonces al almacén Iris y con voz misteriosa pedía al señor Joaco que: “Por gracia de la santísima trinidad, la virgen María, la infancia del Niño Jesús y todos los santos, le regalara otra caja para cambiar esa que ya había cumplido con su menester”. Salía del almacén con su nueva caja sin abandonar la otra, y en algún rincón o en el zaguán de alguna casa donde nadie la viera hacia el cambio.
Dormía en algún sitio que no preciso y en algunas de las casas, en las cercanías de la iglesia San Francisco, le daban sobras de alimentos que guardaba en los potes y bolsas que portaba en la caja. Se le veía tomar un líquido blanco de uno de los frascos que cargaba.
Siempre la vi merodeando por la Iglesia San Francisco. Los domingos entraba a misa de once, permaneciendo todo el oficio recostada a una de las puertas. A la salida recibía algunas monedas de personas que estiraban el brazo para dársela pero que en gesto de repugnancia volteaban la cara para otro lado.
Tenía un andar suave y ceremonioso, nadie se metía con ella ni ella miraba a nadie. Andaba como abstraída, casi levitando. Solo se le escuchó la voz en toda su potencia cuando se incendió la Iglesia de San Francisco el 29 de junio de 1962. Parada frente a la puerta, en el atrio, embutida en su batón mugriento que alguna vez fue blanco, dejó sobre el piso la caja de cartón que llena de cosas llevaba siempre consigo, echó hacia atrás la cabeza coronada por una abundante mata de pelo tieso, levanto los brazos y gritó: ¡Socorredle, socorredle, que esto es obra del maléfico!
Cabe la posibilidad de que haya subido y desaparecido en las alturas en un acto de levitación, lo cierto es que nunca más volví a ver a la loca Rosarito.
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